El 99% de los hijos de parejas separadas en Álava se cría únicamente junto a la madre

los expertos abogan por crear una cultura de la custodia compartida

Consideran que la nueva ley puede propiciar modelos más beneficiosos que el tradicional para los pequeños

vitoria. Los alaveses divorciados cantaron victoria el pasado 10 de julio. Arrancaba la nueva ley del divorcio, con la custodia compartida como armisticio tras una lucha eterna por el derecho a convivir con los hijos tras la separación. Pero numerosos colectivos han criticado desde entonces que “no existe una definición clara” de esta figura, lo que dificulta su puesta en práctica.

No obstante, la Asociación de Padres y Madres Separados de Álava (Amapase) se muestra esperanzada. Marisol Palacios, vicepresidenta del colectivo, asegura que “se ha abierto una pequeña puerta” y, conforme se cree una cultura de la custodia compartida, la discriminación del hombre “desaparecerá”. En la actualidad, el 99% de los niños de parejas divorciadas en la provincia se cría únicamente junto a la madre.

Palacios afirma que la custodia compartida es, básicamente, un derecho de los hijos a mantener una relación igualitaria y justa con sus progenitores. “Los jueces se están dando cuenta de esta realidad y, por fin, tienen una herramienta a la que agarrarse” para conseguir que los chavales reciban el mismo cariño, al margen de que la relación sentimental entre sus progenitores se rompa para siempre.

Por supuesto, la custodia compartida exige un notable esfuerzo por parte de la ex pareja. La vicepresidenta de Amapase critica a las personas que se aferran con uñas y dientes al cuidado exclusivo de sus niños, porque éstos “necesitan de un padre y de una madre para desarrollarse como personas; no tienen que pagar los platos rotos de los adultos”. En este sentido, recuerda que “los progenitores, aunque se separen, están condenados a entenderse por el bien de sus hijos”.

El instinto maternal supera, en muchas ocasiones, ese razonamiento. Palacios lo comprende, aunque advierte de que los supuestos beneficios de ser algo más que un visitador perjudican, a largo plazo, al custodio. “Quedarse con el hijo acaba limitando mucho a nivel social y profesional. Llega un momento en el que una piensa que si hubiera accedido más y si hubiera dejado que el padre se involucrara más, habría progresado como un hombre , que no tiene esa carga. Claro que eso, al principio, no se ve”, señala la abogada.

Los enemigos de la custodia compartida , sin embargo, aluden a “los terrible perjuicios” que supone para los niños el ir de una casa a otra. Esta alavesa muestra su repulsa a dicha teoría, ya que ningún estudio científico la sustenta, mientras que muchos opinan lo contrario. “Es lo más beneficioso”, subraya la experta, quien recuerda que “los niños tienen una capacidad de adaptación que los adultos no poseemos”. A su juicio, el rechazo a esta medida procede “más de los recelos de los padres. Si desde el principio se educa así al hijo, éste lo aceptará y no tendrá ningún trauma. Se adapta como lo hace a cualquier otra norma”.

Además, la custodia compartida acaba con el sistema de pensiones que provoca el parasitismo social de una de las partes y la desincentivación económica y profesional de la otra. En principio, la lógica obliga a que ambos progenitores se hagan cargo a partes iguales de los gastos de sus hijos. El procedimiento más habitual consiste en abrir una cuenta corriente y domiciliar en ella todos los cargos, que serán admitidos por ambos. Pero, por supuesto, “al final dependerá de lo que se pacte en cada caso”.

graves consecuencias De momento no se ha suscrito ninguna custodia compartida en el Estado, por lo que Palacios prefiere hablar de las consecuencias que, hasta ahora, ha generado la medida de exclusividad. Como otros tantos colectivos, Amapase considera que este combate a veces diabólico crea el caldo de cultivo para las agresiones. De hecho, el Ministerio de Justicia cifra en un 79% el porcentaje de malos tratos durante los procesos de separación y divorcio.

Si la antigua norma alimentaba el rencor masculino por su carácter marginador, la Ley Integral de Violencia de Género “lo acrecienta”. La experta cita de soslayo ciertos “abusos, aunque la realidad habla de denuncias por malos tratos archivadas al demostrarse que son falsas. Esas mujeres se sumergen en un peligroso juego “para conseguir una separación rápida”. “Si a uno le detiene la Ertzaintza y le mete en el calabozo, aunque luego quede absuelto, queda odio”, advierte.

Palacios aboga por el dialogo hasta la extenuación. “No me gustan nada los divorcios contenciosos. No son buenos para la relación futura que habrá que mantener por el hecho de tener hijos en común”, precisa. Si el custodio dificulta las visitas, la vicepresidenta de Amapase aconseja al hombre que “tenga en cuenta la calidad de la relación con los hijos, no la cantidad”.

“La base de la sociedad es la familia y si ésta falta, falla la sociedad”, asevera la experta, quien se alegra de que “las parejas jóvenes tengan una mentalidad más abierta y, pese a romper, son capaces de reconocerse como padre y madre”, concluye Palacios.

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Discriminados por su condición de padres

Martín y Kepa comparten con Ramón y J.S.M. la pesadumbre de ser progenitores no custodios. Pero mientras los primeros han convenido con sus ex mujeres una ley no escrita que les permite ejercer al máximo su paternidad, los segundos dicen enfrentarse con impotencia a chantajes y manipulaciones.

Hace 20 meses que Ramón López de Munáin no necesita cerrar los ojos para sufrir pesadillas. En marzo de 2004 concluyó un amor de siete años y la ruptura le arrastró al peor de los precipicios. No ha vuelto a ser un padre a tiempo total porque ella, según cuenta, siempre se lo ha impedido. “Solicité la custodia de mis hijos que ahora tienen tres y cinco años y mi ex pareja interpuso una denuncia de malos tratos para quedárselos”, asevera. Su abogado le propuso “renunciar a la custodia para que me quitaran la denuncia”. Aunque no podía soportar la idea de convertirse en un simple visitador, el letrado le convenció de que “era mejor” vivir sin la etiqueta de agresor. Firmó las condiciones habituales, que le permiten pasar un fin de semana con los pequeños cada 15 días, además de la mitad de las vacaciones. Pero dice que la realidad es mucho más cruel. “Ya he interpuesto 11 denuncias porque no me entrega a los hijos cuando me corresponde. Pone excusas, como que están enfermos”, relata. “De momento es mi palabra contra la suya y no me hacen caso por el hecho de ser hombre”, sostiene.

López de Munáin sabe que, a su lado, los chicos “están contentos”. Le preguntan “por qué no pueden estar más tiempo” con él y al padre se le cae el mundo encima. Además, esta complicada relación ha comenzado a afectar al hijo mayor. “Dicen en la ikastola que está más agresivo. El otro día fui a visitarle y me decía que quería escaparse para estar conmigo”, evoca con un nudo en la garganta.

El caso de I. Martín se sitúa en las antípodas del anterior. Tiene 49 años y un hijo de 14. La buena relación que mantiene con su ex le permite verle “siempre que quiero”.

“Llevarse bien con la ex es un factor clave para no perder a los hijos”, sostiene I. Martín, que recibió la sentencia de separación tras 20 años de matrimonio. Este gasteiztarra ha conseguido lo que para otros padres divorciados es un sueño: mantener una magnífica relación con su hijo adolescente gracias al “comportamiento ideal” de la madre, quien asumió la custodia del chico tras un divorcio de mutuo acuerdo. Gracias a la relación cordial que ahora mantienen, puede saltarse lo acordado sobre el papel y ver al chaval “siempre que quiera”. Por eso no se cansa de ensalzar la actitud de su ex mujer, con la que incluso queda para tomar café.

Caso bien distinto es el de J.M.S., de 35 años y dos hijos de 9 y 6 años. Actualmente paga la hipoteca de la VPO que compró junto a su ex pareja aunque sólo puede acercarse hasta el portal porque ella “tiene novio”; el mismo con el que mantuvo una relación de dos años previa al divorcio. “Al separarme me quedé hecho polvo y tomé decisiones incorrectas”, se lamenta este vitoriano en referencia al régimen de visitas impuesto. Aunque al inicio de la separación ambos apostaron por una relación correcta, “todo aquello se ha quedado en nada”. Asegura vivir una relación “sangrante” por los obstáculos que la madre pone para impedirle ver a sus pequeños. “Si se inventa excusas para que no los vea, ¿qué hago? ¿Llamo a la Ertzaintza?”, se pregunta. Además, se siente desprotegido ante la ley. “Las mujeres se quejan de discriminación en muchos ámbitos sociales, como el del trabajo. ¿Pero hay mayor discriminación que la de no poder tener a tus hijos porque eres hombre?”, se lamenta.

Kepa, de 48 años y dos hijos de 21 y 15 años, se sumergió en una profunda depresión cuando su mujer le pidió el divorcio. No imaginaba que, tras 20 años de matrimonio, a ella se le hubiera acabado el amor, pero aún con todo trató de pensar en el bien de sus chicos. “Decidimos con bastante rapidez que lo mejor era que ella se quedara con los chavales para que siguieran en su medio”, explica. Kepa y su entonces mujer tenían claro que, pese a la separación, “seguíamos siendo padres”. “Hay que actuar con inteligencia. Los hijos no tienen por qué pagar nuestros desajustes”, añade.

Este vitoriano afirma que sus vástagos “han visto que no se ha roto la familia”. “Aunque pasemos menos tiempo juntos, saben que me pueden llamar cuando quieran”, explica. Por eso no entiende a quienes se enzarzan en combates para apropiarse de la descendencia.

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