Discriminados por su condición de padres

Martín y Kepa comparten con Ramón y J.S.M. la pesadumbre de ser progenitores no custodios. Pero mientras los primeros han convenido con sus ex mujeres una ley no escrita que les permite ejercer al máximo su paternidad, los segundos dicen enfrentarse con impotencia a chantajes y manipulaciones.

Hace 20 meses que Ramón López de Munáin no necesita cerrar los ojos para sufrir pesadillas. En marzo de 2004 concluyó un amor de siete años y la ruptura le arrastró al peor de los precipicios. No ha vuelto a ser un padre a tiempo total porque ella, según cuenta, siempre se lo ha impedido. “Solicité la custodia de mis hijos que ahora tienen tres y cinco años y mi ex pareja interpuso una denuncia de malos tratos para quedárselos”, asevera. Su abogado le propuso “renunciar a la custodia para que me quitaran la denuncia”. Aunque no podía soportar la idea de convertirse en un simple visitador, el letrado le convenció de que “era mejor” vivir sin la etiqueta de agresor. Firmó las condiciones habituales, que le permiten pasar un fin de semana con los pequeños cada 15 días, además de la mitad de las vacaciones. Pero dice que la realidad es mucho más cruel. “Ya he interpuesto 11 denuncias porque no me entrega a los hijos cuando me corresponde. Pone excusas, como que están enfermos”, relata. “De momento es mi palabra contra la suya y no me hacen caso por el hecho de ser hombre”, sostiene.

López de Munáin sabe que, a su lado, los chicos “están contentos”. Le preguntan “por qué no pueden estar más tiempo” con él y al padre se le cae el mundo encima. Además, esta complicada relación ha comenzado a afectar al hijo mayor. “Dicen en la ikastola que está más agresivo. El otro día fui a visitarle y me decía que quería escaparse para estar conmigo”, evoca con un nudo en la garganta.

El caso de I. Martín se sitúa en las antípodas del anterior. Tiene 49 años y un hijo de 14. La buena relación que mantiene con su ex le permite verle “siempre que quiero”.

“Llevarse bien con la ex es un factor clave para no perder a los hijos”, sostiene I. Martín, que recibió la sentencia de separación tras 20 años de matrimonio. Este gasteiztarra ha conseguido lo que para otros padres divorciados es un sueño: mantener una magnífica relación con su hijo adolescente gracias al “comportamiento ideal” de la madre, quien asumió la custodia del chico tras un divorcio de mutuo acuerdo. Gracias a la relación cordial que ahora mantienen, puede saltarse lo acordado sobre el papel y ver al chaval “siempre que quiera”. Por eso no se cansa de ensalzar la actitud de su ex mujer, con la que incluso queda para tomar café.

Caso bien distinto es el de J.M.S., de 35 años y dos hijos de 9 y 6 años. Actualmente paga la hipoteca de la VPO que compró junto a su ex pareja aunque sólo puede acercarse hasta el portal porque ella “tiene novio”; el mismo con el que mantuvo una relación de dos años previa al divorcio. “Al separarme me quedé hecho polvo y tomé decisiones incorrectas”, se lamenta este vitoriano en referencia al régimen de visitas impuesto. Aunque al inicio de la separación ambos apostaron por una relación correcta, “todo aquello se ha quedado en nada”. Asegura vivir una relación “sangrante” por los obstáculos que la madre pone para impedirle ver a sus pequeños. “Si se inventa excusas para que no los vea, ¿qué hago? ¿Llamo a la Ertzaintza?”, se pregunta. Además, se siente desprotegido ante la ley. “Las mujeres se quejan de discriminación en muchos ámbitos sociales, como el del trabajo. ¿Pero hay mayor discriminación que la de no poder tener a tus hijos porque eres hombre?”, se lamenta.

Kepa, de 48 años y dos hijos de 21 y 15 años, se sumergió en una profunda depresión cuando su mujer le pidió el divorcio. No imaginaba que, tras 20 años de matrimonio, a ella se le hubiera acabado el amor, pero aún con todo trató de pensar en el bien de sus chicos. “Decidimos con bastante rapidez que lo mejor era que ella se quedara con los chavales para que siguieran en su medio”, explica. Kepa y su entonces mujer tenían claro que, pese a la separación, “seguíamos siendo padres”. “Hay que actuar con inteligencia. Los hijos no tienen por qué pagar nuestros desajustes”, añade.

Este vitoriano afirma que sus vástagos “han visto que no se ha roto la familia”. “Aunque pasemos menos tiempo juntos, saben que me pueden llamar cuando quieran”, explica. Por eso no entiende a quienes se enzarzan en combates para apropiarse de la descendencia.

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