Padres separados

CARTAS AL DIRECTOR. Izaskun Fernandez Uribe/Girona

Leo en el periódico que los padres separados piden al Gobierno vasco pisos protegidos para poder tener una vida ‘normalizada’ después de la separación y un lugar donde estar con sus hijos en los días de ‘visita’. Me parece una petición razonable, dado que, como bien dicen, el divorcio supone una ruina para los padres, principalmente, y lleva a muchos a refugiarse en casa de sus padres o en pensiones. Pero yo iría más allá. Exigiría un cambio en las leyes que ahora mismo rigen las separaciones y divorcios, y haría que éstas no supongan para uno de los conyuges, mayoritariamente el padre, una pérdida de nivel de vida que hace que la desesperación y la impotencia hagan mella en ellos. Debería ser obligatorio el reparto de bienes comunes a partes iguales, de esta manera los dos tendrían las mismas oportunidades para comenzar una nueva vida. Realmente la Ley del Divorcio que ahora existe es discriminatoria y favorece única y exclusivamente a la madre. El padre es el que tiene que abandonar su hogar, ‘visitar’ a sus hijos los días establecidos y mantener una casa aunque no tenga derecho a su uso. ¿No queremos igualdad las mujeres? Pues en esto no nos podemos convertir en víctimas y ‘aprovechar el tirón mediático’ para sacar beneficio.

EL CORREO DIGITAL

El elevado precio de los alquileres obliga a cientos de vitorianos a compartir piso

El 40% de los hombres separados debe optar por esta fórmula para poder llegar a fin de mes

MARÍA JOSÉ CARRERO m.j.carrero@diario-elcorreo.com/VITORIA

No sólo estudiantes. Compartir piso no es ya un fenómeno exclusivo de universitarios desplazados del domicilio familiar. La carestía de los alquileres en la capital alavesa obliga a centenares de vitorianos a renunciar a una vivienda para sí solos y a conformarse con una habitación con derecho a cocina, baño y, en ocasiones, sala de estar.

El aumento de esta tendencia se ve de forma clara en la sección de oferta y demanda de alojamientos de los periódicos y de otro tipo de publicaciones. Más de 70 personas buscan una habitación en estos momentos a través de Internet. «Los anuncios vienen a durar una semana. Cada día entran de 20 a 25 nuevos», detalla el joven Imanol Montoya, que gestiona una web especializada.

Montoya y sus tres hermanos crearon ‘alkila.net’ después de haber vivido en países como Irlanda, Alemania, Italia, Francia y Canadá, «donde el alquiler por Internet funciona muy bien». El perfil de los usuarios de su página es el de estudiantes en un 60% de los casos. El 40% restante reúne a gente de todo tipo «incluso de 40, 50 y hasta 60 años», comenta.

Un colectivo importante en este nuevo mercado es el de hombres divorciados. Según un informe de la Asociación de Madres y Padres Separados de Álava (Amapase), entre el 40% y el 45% de los varones que rompen su relación de pareja o matrimonial tiene que recurrir a compartir piso para poder llegar a fin de mes. «No pueden acceder a una vivienda completa», explica la vicepresidenta del colectivo, Marisol Palacios.

Y es que, al ser la mujer quien se queda en la mayoría de los casos en el domicilio conyugal por tener la custodia de los hijos, buscar cobijo en un mercado desorbitado como el vitoriano no es tarea en absoluto fácil. Sobre todo, cuando hay que pasar cada mes la pensión por alimentos y, en ocasiones, hacer frente al pago de la hipoteca del piso en el que ya no se reside.

«Es sangrante»

«La situación es sangrante», se queja Palacios. «Muchos hombres no tienen una vivienda digna para poder estar a gusto con sus hijos. Por ello, reclamamos un cupo de pisos para padres separados en los sorteos de pisos. Al fin y al cabo, funcionan como familias monoparentales», argumenta. La dirigente de Amapase añade que el nuevo Código Civil en el que se establece la custodia compartida, debe provocar un cambio en la normativa de los sorteos. «Ya no sirve la disculpa de que no les corresponde la guarda de los hijos», recalca.

Los precios de las habitaciones son elevados. Un vistazo a los más de 120 anuncios que figuran en una publicación especializada en este tipo de mercado revela que es muy difícil encontrar algo por debajo de los 200 euros al mes y el precio medio se sitúa en los 300. Cuando la habitación ofertada es doble y cuenta con baño propio en un piso con todo tipo de servicios -DVD, línea ADSL, entre otros- se llegan a pedir 500 euros.

Además de personas separadas y de jóvenes con salarios insuficientes para asumir en solitario un alquiler que nunca baja de los 600 euros al mes, los inmigrantes constituyen también un grupo numeroso de demandantes de pisos compartidos. Dentro de este colectivo, según ha podido comprobar EL CORREO, figura incluso un importante número de parejas.

EL CORREO DIGITAL

«Ahora vivo en un albergue»

La vida de Iñaki dio la vuelta cuando se separó de su mujer hace cuatro años

ARANTXA ALDAZ/SAN SEBASTIÁN

«La vida te da la vuelta en un abrir y cerrar de ojos. Y pasas de vivir cómodamente a no tener nada, ni siquiera un hogar». Son palabras de Iñaki, un donostiarra de 45 años que oculta su verdadera identidad bajo un falso nombre. Prefiere «no dar pistas» y no salir retratado en este reportaje porque está a punto de firmar su divorcio, un proceso que dura ya casi cuatro años y que le ha dejado profundas secuelas psicológicas. Pese a todo, quiere contar su testimonio «para que sirva de ejemplo y las autoridades se enteren de cómo estamos los hombres separados». Su «pesadilla» comenzó en septiembre de 2002, cuando su mujer le pidió la separación después de siete años de matrimonio y ocho de noviazgo. Entonces ambos compartían un piso en Donostia y, lo que es más importante, un hijo de corta edad. «Se veía venir», dice Iñaki. «Mis hermanas me avisaron, pero fue demasiado tarde. Me veían muy enamorado y no querían meterse en mi vida».

La falta de comunicación entre la pareja, y especialmente, los problemas económicos que atravesaban fueron el detonante de la separación. Las disputas para repartirse los bienes comenzaron enseguida. «Toda la culpa la ha tenido el maldito dinero. Mientras la economía funcionó bien, en casa teníamos de todo. También amor», dice el donostiarra.

Sin embargo, su historia se empezó a torcer cuando el negocio que regentaba en la capital guipuzcoana cayó en picado. «Tuve que cerrar la tienda y como el solvente en la pareja era yo, luego llegaron los problemas».

La custodia del hijo

«Mis ex suegros se instalaron pronto en casa para hacerme la vida imposible -continúa Iñaki-. La familia de mi ex mujer se portó horriblemente mal hasta niveles inconfesables, incluso delante de mi hijo. El piso era mío. Yo lo había pagado casi íntegramente, pero querían que me fuese para alegar abandono de hogar. Ella consiguió la custodia del niño y también se quedó con el piso». Iñaki subraya que en el 98% de los procesos de separación la custodia de los hijos recae en manos de la madre, una situación que cree «poco ajustada a la realidad». Reivindica la custodia compartida, porque «el hijo, bajo ningún concepto, debe sufrir nunca la ruptura matrimonial, y tampoco puede ser moneda de cambio. Se le debe dar cariño por las dos partes. Padre y madre tienen que ser capaces de llegar a un entendimiento», sentencia.

De la noche a la mañana Iñaki se vio en la calle. «Todo cambió. Perdí las amistades, la casa y el trabajo. Muchos separados se refugian en casa de sus padres, pero yo soy huérfano. Me vi completamente solo». Durante un mes durmió en casa de unos amigos, luego pasó tres meses en otro domicilio y un año más compartiendo casa. Ahora vive en un albergue de San Sebastián. Su estancia sólo podrá alargarse durante tres semanas más. «Normas de la casa», dice Iñaki. Así que busca «desesperadamente» un piso para compartir y donde poder estar con su hijo al que no ve desde hace meses. «Tengo su regalo de Reyes guardado para dárselo cuando le vea», se sincera Iñaki.

Tras meses de duros conflictos con su ex mujer, la vida de Iñaki volvió a dar un giro cuando recayó en la Asociación Guipuzcoana de Madres y Padres Separados (Agipase). «Ellos tienen la llave para solucionar cualquier separación. Para mí han sido como una familia. Me he encontrado solo en muchas ocasiones y gracias a ellos he podido salir adelante», confiesa Iñaki. Su futuro, dice, es ahora incierto. Al igual que en la vivienda, en el trabajo también le persigue la temporalidad. «Donostia me ha ayudado mucho, pero sigue siendo una ciudad cerrada para los jóvenes y para las personas sin recursos».

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