OTRAS NAVIDADES / PEDRO CRUZ-VALDERRAMA (SEPARADO)

El presidente de la asociación de separados de Álava pasará las fiestas en Zaragoza con la familia de su actual pareja

«He vivido en las tres capitales vascas, cosa que muchos vascos no pueden decir». Sonríe Pedro Cruz-Valderrama, limeño de peinado y ojos horizontales que recuerdan levemente al ‘Puma’, el cantante maduro y ‘play boy’ de Venezuela. Como casi todos los hispanoamericanos, se expresa con una riqueza lingüística bastante superior a la media de estos lares. Le ayudan su formación para resolver conflictos humanos y las tablas que suponen ser presidente de Amapase, la asociación de separados de Álava.

Las navidades de este peruano de clase media dependen de la decisión que cada año adopte su hijo. El protagonista de la historia llegó a Bilbao en 1973 y se amarró a Vitoria quince años más tarde con estancias intermedias en Barcelona y San Sebastián. Es padre divorciado y custodio desde que el chico, ya talludito, era aún niño. Pedro se casó con una vizcaína en 1978, el matrimonio avanzó quince años y, luego de tres en zozobra, se partió en 1996.

«Éramos una pareja de la época de la Transición, dos personas con ideales, valores y ganas», recuerda el limeño de raigambre alavesa. «Entre el 93 y el 96 se produjo el desencuentro, la relación llegó a un techo y el vínculo se rompe jurídicamente en el 96». Convendrán que es una forma elegante de aludir a un divorcio.

No hubo pelea por el hijo, ni siquiera tuvieron que recurrir al veredicto de un juez. Ambos llegaron a la conclusión, por iniciativa de él, de que el chico estaría mejor con el padre. «Mi hijo estaba ansioso, empezó a fallar en los estudios. Y había que tomar una decisión. Al principio él lo pasó mal porque los jóvenes siempre tienden a culpar de la ruptura a uno de los dos, al padre o a la madre. Y tuve que trabajar psicológicamente con él. Acabó entendiendo que era mejor la separación. ¿Por qué no vivir de una forma más tranquila?».

«No me arrepiento»

Desde entonces, Pedro conoce casi todas las formas humanas de pasar las navidades. Algunos años ha estado solo, otros con el hijo y éstas las vive en Zaragoza -la ciudad donde reside su actual pareja- con la familia ‘política’. El hijo, de veintitrés años y que habita con él, ha determinado viajar a Cataluña, donde se encuentra su madre.

Pedro asegura, y parece convincente, que las ha disfrutado en cualquiera de los estados imaginables. «Soy una persona positiva, de mirar para adelante, de no fijarse en las hojas del árbol que ya se han caído». Afirma que desde el divorcio «las navidades superan a las de antes». Incluso aquellas en las que cenó en soledad. «Estaba tranquilo, estaba conmigo. A mí las navidades no me las monta nadie, me las monto yo».

Sin embargo, admite que le resultaron especialmente satisfactorias las anteriores, junto al chico, mano a mano. «Preparé yo la cena. Un cordero al horno, unas entradas y cosas de la cocina tradicional vasca. No sabes qué satisfacción cuando me dijo ‘qué bueno está esto’. Unas velitas en la mesa, nos vestimos adecuadamente…».

Pedro aprovecha el altavoz del periódico para emitir un mensaje nítido a los separados. «Claro que es más agradable la vida compartida, pero las soluciones están en nosotros mismos». Lo dice alguien que ha asumido cada época de la vida, a veces marcada por las casualidades. «Dos tíos míos emigraron a Estados Unidos. Yo quise hacer lo mismo, pero no resultó. Y mi vida cambió en veinticuatro horas. No me arrepiento de nada». Chin-chin.