No sin mis hijos

Tras una década de matrimonio, de la noche a la mañana su esposa le denunció por maltrato sin que la hubiera tocado. Ahora lucha por recuperar la custodia de sus dos hijos. Y su dignidad

Pa BLO Fernández ha dejado de ser marido y padre de sopetón y a golpe de orden judicial. Hace dos meses, la policía se presentó de madrugada en su casa y le entregó la citación para que se personara en el Juzgado de Violencia de Género de Vitoria la mañana siguiente. Su mujer le acusaba de maltrato. “Yo no le había hecho nada. Pero la tarde anterior llegué a casa, y sin que la tocara, empezó a gritar como una loca que no la pegara. Gritaba y lloraba. Una amiga suya estaba en casa, en la habitación de al lado y, por supuesto, acudió asustada. Luego declaró como testigo. Todo fue un teatrillo que se montó mi ex pareja para conseguir lo que quería”, recuerda.

Pablo tiene 41 años, llevaba 18 años viviendo con su mujer, y 13 de matrimonio. Pero desde hacía un tiempo las cosas no marchaban bien entre ellos y él le comentó que no podía seguir viviendo así. “No le sentó nada bien. Entonces me dijo, que la que se iba a separar era ella, como amenazándome”. A partir de ahí, comenzó la pesadilla. “Lo único que hacía era meterse conmigo. Decía que estaba loco y me acusaba de acostarme con unas y con otras. Su familia entera me machacó y también se metieron con la mía. La situación llegó a una degradación total”.

La guinda fue la falsa denuncia por malos tratos. Y la sentencia, porque a pesar de la trampa que le había tendido su mujer, no hubo manera de demostrarlo ante el magistrado. El juez dictó una falta por vejaciones, abandono del domicilio y ocho días de localización permanente. También decretó una orden de alejamiento de seis meses. Y la opción de seguir siendo padre -tiene dos hijos de dos y siete años- sólo dos fines de semana al mes. Eso es lo que peor lleva. Y sus hijos también. “Me dicen que me echan mucho de menos. Y el mayor no hace más que repetirme que me quiere mucho. Yo lo paso fatal”, confiesa con la voz entrecortada. Ahora el que llora es él.

hacia arriba Y eso que, dos meses después de que empezara todo, parece que empieza a reponerse. Gracias al apoyo de su familia y de sus amigos, ve un poco de luz al final del túnel. “Estoy más esperanzado y optimista. Pero todo ha sido muy difícil y doloroso”. Pablo lucha ahora por conseguir la custodia de sus hijos. Su mujer, asegura, no está bien y junto a su abogado, trabaja en lograr informes médicos y pruebas que lo demuestren. Y en recuperar una vida que se le truncó de repente. “Ahora vivo con mis padres. Y, a lo mejor, me cambio de trabajo. Mi vida está un poco descontrolada en ese sentido ahora. Pero estoy luchando por centrarme otra vez, conseguir una casa, y unas condiciones económicas y de vida que constituyan una garantía para poder hacerme cargo de mis hijos sin ningún problema”.

Se trata de volver a empezar, admite Pablo. De su ex mujer, no quiere ni oír hablar. Le ha destrozado la vida, y aunque se está dando cuenta de la gravedad de lo que ha hecho y está medio arrepentida, sólo confía en que se acabe todo esto y poder pasar página. No le está resultando nada fácil, porque en el tema de la violencia de género, advierte, todos los hombres parten como presuntos culpables. “Yo entiendo que se trata de un tema muy delicado. Pero también existen casos como el mío. ¿Y en qué situación nos quedamos nosotros? Estamos muy desprotegidos y no tenemos dónde acudir. Yo me he quedado sin hijos de repente, pero los necesito tanto como puede necesitarlos una madre. Y ellos también me necesitan a mí”.

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